jueves, 8 de agosto de 2013

SÍNTESIS ENCÍCLICA "LUMEN FIDEI". CAPÍTULO SEGUNDO

CAPÍTULO SEGUNDO
SI NO CREÉIS, NO COMPRENDERÉIS
(cf. Is 7,9)

Fe y verdad
23. "Si no creéis, no comprenderéis" (Is 7,9). Este texto, es la traducción griega, realizada por los 70 en Alejandría de Egipto. Sin embargo, en el texto hebreo original se lee lo siguiente: "Si no creéis, no subsistiréis". Puesto que Dios es fiable, es razonable tener fe en él, cimentando la propia seguridad sobre Su Palabra, porque Él es el “Dios del Amén” (Is 65,16). Sin duda, el sentido de ambos textos, no es una contradicción: en efecto, la subsistencia prometida pasa por la comprensión de la acción de Dios.

24. El hombre tiene necesidad de conocimientos, de verdad, porque sin ella no puede subsistir; la fe, sin verdad, no da seguridad a nuestros pasos, quedándose en una fábula que satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión. Por ello, la fe es capaz de ofrecer una luz nueva, porque va más allá, porque comprende la actuación de Dios, que es fiel a su alianza y sus promesas.

25. En nuestra cultura sólo se acepta como verdad aquello que el hombre construye y es capaz de medir con su ciencia. Pareciera que hoy, esa fuera la única verdad, la que se puede compartir, sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos.

En otro nivel, estarían las verdades del individuo, aquellas que cada uno siente dentro de sí, que son válidas para uno mismo y que no se pueden proponer con pretensiones de contribuir al bien común, pues es una verdad individual. Ya no interesa la verdad completa, sólo un relativismo en la cual cada verdad puede ser válida.

Sin embargo, la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, dirigida a Algo que nos precede, que es el origen de todo, es luz para ver la meta y que consigue unirnos más allá de nuestro "Yo", mostrándonos el sentido del camino común.


Amor y conocimiento de la verdad


26. Cuál es el tipo de conocimiento propio de la fe? San Pablo nos ayuda a establecer la respuesta cuando dice "Con el corazón se cree" (Rm 10,10). El corazón es el centro del hombre donde se enlazan todas sus dimensiones. Por tanto, el corazón es el lugar donde nos abrimos a la verdad y al amor.  La fe entonces transforma toda la persona, porque la fe se abre y se vincula al amor.


Ese amor trae luz: la comprensión de la fe nace al recibir el gran amor de Dios que nos transforma y nos da ojos nuevos para ver la realidad.



27. Aunque la concepción del amor, según el hombre moderno, poco tiene que ver con la verdad (y se compara a la fe con una experiencia de enamoramiento, que no propone una verdad válida para todos), Es cierto que el amor no se puede reducir a un sentimiento que va y viene: El amor tiene necesidad de verdad, sólo en cuanto está fundada en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo.



Sin embargo, la verdad también tiene necesidad del amor; sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que da sentido ilumina cuando el amor nos toca. El amor abre los ojos para ver la realidad de un modo nuevo en unión con la persona que se llama: el amor es un conocimiento que lleva consigo una lógica nueva proporcionándonos una visión común con el ser amado, de todas las cosas. En otras palabras, el amor nos permitirá ver la realidad con los ojos del otro.

28. En el amor de Dios, la fe contempla el camino a través de la historia. Verdad infidelidad van unidas porque con la fe se contempla en el amor que Dios ha actuado y actuará a través de la historia siendo fiel.

La fe como escucha y visión

29. La fe está asociada al sentido del oído: "La fe nace del mensaje que se escucha" (Rm 10,17). Una vez se reconoce la voz, se acoge con libertad y se sigue en obediencia. Ésta obediencia es llamada por San Pablo la obediencia de la fe (Rm 1,5). Eso significa la confianza libre y total a Dios, prestando todo el entendimiento y la voluntad, y asintiendo a la revelación hecha por El. Esta obediencia en la fe no puede alcanzarse sin el espíritu Santo.


Sin embargo el conocimiento aprendido, sólo es posible en un camino de seguimiento.

La fe también está asociada al sentido de la visión, y no necesariamente ésta se contrapone a la escucha. A la escucha la palabra de Dios se une el deseo de ver su rostro. Por tanto, el oído posibilita la llamada personal y la obediencia, y también que la verdad se revele en el tiempo; la vista aporta la visión completa de todo el recorrido y nos permite situarnos en el proyecto de 
Dios; sin la visión, tendríamos solamente fragmentos aislados de un Todo desconocido. 


30. Ver y escuchar, son órganos del conocimiento de la fe, y están conectados. A lo largo del Evangelio de San Juan, podemos ver que creer es escuchar y al mismo tiempo, ver.

La escucha es personal y distingue la Voz del Buen Pastor (cf. Jn 10,3-5); escuchar implica seguir a Jesús (Jn 1,37).

Por su parte la visión, en algunos casos precede a la fe (Jn 11,45) y  en otros casos la fe lleva a una visión profunda (Jn 11,40); también, “ver” forma parte del seguimiento de Jesús.

Pero, ¿cómo se llega a la síntesis entre el oír y el ver? Lo hace posible Jesús, que es palabra hecha carne, y es rostro en el que podemos ver al padre.



31. La fe es también un tocar. Con su venida entre nosotros, Jesús nos ha tocado y, por los sacramentos, hoy nos toca. El transforma nuestro corazón y nos permite reconocerlo.
Podemos tocar a Jesús y recibir su fuerza, así como la hemorroísa que toca a Jesús para curarse ("tocar con el corazón, es creer", dice San Agustín). Aunque la multitud se agolpaba en torno de él, no lo rozaban con el toque personal de la fe como sí lo hizo la hemorroísa.

Diálogo entre fe y razón

32. Cuando encontramos la Luz plena del amor de Jesús, nos damos cuenta que en cualquier amor nuestro, ya hay un reflejo de esa luz. Sin embargo, la Luz que arroja el Amor de Jesús nos ayuda a ver el camino del Amor verdadero que es donación plena y total como Él hizo con nosotros. Esa Luz es el equivalente a la verdad y la razón para la fe. 


33. San Agustín descubrió que todas las cosas tienen sin una transparencia que pueden reflejar la voluntad de Dios, el Bien.

Jesús nos llama y quiere reflejarse en nuestro rostro para resplandecer desde adentro de nosotros mismos.

34. La Luz del Amor, ilumina los interrogantes de nuestro tiempo. Si es una verdad proveniente del amor, la verdad se libera del ámbito privado y forma parte del bien común. El creyente no es arrogante: la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseer la verdad, es ella la que le abraza y le posee.

La luz de la fe, no es ajena al mundo material: la fe despierta el sentido crítico, no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta que la naturaleza no se reduce a ellos. La Fe invita a maravillarse ante el misterio de la creación, así la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo presentado en los estudios de la ciencia.

Fe y búsqueda de Dios

35. La luz de la Fe, ilumina el camino que todos los que buscan a Dios:

- Henoc (Hb 11,5-6): nos enseña que el camino del hombre pasa por la confesión de un Dios que se preocupa de él y que no es inaccesible. La mejor recompensa que Dios da a los que le buscan es dejarse encontrar.
- Abel (Hb 11,4): nos muestra que el hombre religioso reconoce los signos de Dios en las experiencias cotidianas de su vida. Dios es luminoso y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón.

- Los Magos de Oriente (Mt 2,1-12), nos enseña que la Luz de Dios se hace camino como estrella que guía por un sendero de descubrimientos. El hombre religioso está en camino y está siempre dispuesto a dejarse guiar, a salir de sí, para encontrar al Dios que siempre sorprende.

- Aquellos que no creen, pero desean creer y no dejan de buscar: en la medida que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven sin saberlo en la senda hacia la fe. Pues intentan vivir como si Dios existiese; quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios, y ya ha sido sostenido por Él, porque es propio de la luz, iluminar nuestros ojos cuando caminamos hacia la plenitud del amor.

Fe y teología

36. La teología nace del deseo de explorar los horizontes que la fe ilumina. Sin embargo, su objetivo no sólo es el estudio de Dios cual si fuera un objeto: Dios es también un ser que deja conocer y que abre la posibilidad de una relación persona a persona.


La teología es "una participación en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo". Busca, más allá de las palabras de Dios, sondear con acogida al Dios que nos dirige esa palabra. La humildad, de la teología consistirá en dejarse tocar por Dios.

A sí mismo, la teología participa de la iglesia. Se ocupa de custodiar y profundizar la fe de todos; su relación con el Magisterio de la Iglesia, le asegura el contacto con la fuente original de la Palabra de Dios, para conocerla en su integridad.

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